Pensar, hablar, leer, escribir.


Todos somos conscientes de que es necesario modificar y mejorar constantemente nuestra práctica docente; nunca acabamos de estar del todo satisfechos con lo que estamos haciendo y muchos de nosotros seguimos buscando nuevas maneras de enseñar que se adecúen mejor a lo que nuestros alumnos necesitan, y a lo que la sociedad dice esperar de ellos. El hecho de que de vez en cuando aparezca una reforma a gran escala, no modifica en absoluto esa necesidad sino que, en todo caso, la universaliza y consigue que se dediquen más recursos humanos y materiales a un esfuerzo renovador que debe mantenerse día a día. Una nueva reforma nos lleva también a utilizar una nueva terminolo­gía, que define a su vez un nuevo marco de comprensión de los proble­mas. Toca hablar ahora de aprendizaje significativo, de enseñanza constructivista, de diseños curriculares o de investigación-acción. Sin restar importan­cia a los cambios reales que esos cambios de vocabulario reflejan, volvemos a insistir en que de poco sirven si no recogen el deseo de continuar reflexionando sobre lo que hacemos para intentar hacer­lo mejor.

Pues bien, un amplio grupo de profesores y profesoras por todo el mundo estamos procurando realizar este trabajo de mejora de nues­tra propia práctica docente; el centro común de interés en torno al cual estamos colaborando es un programa llamado Filosofía para Niños, o aprender a pensar, para asociarlo más directamente a otros progra­mas que existen en estos momentos en todo el mundo dedicados al desa­rrollo de las habilidades de pensamiento. En España ya somos unos cuantos cientos de profesores los que, con un mayor o menor grado de implicación, estamos trabajando en esa línea. No puedo aquí y ahora describir toda la riqueza del programa, pero sí es posible al menos señalar tres características que me parecen significativas.

En primer lugar, se trata de un planteamiento globalizador, y a eso alude el título de este brevísimo artículo. Enfrentados al pro­blema de cómo conseguir que nuestros alumnos aprendan a pensar por sí mismos en colaboración con sus compañeros, el programa se decide por planteamientos psicopedagógicos próximos a Vygotsky y a Bruner. Hablar, pensar, leer y escribir forman parte de un mismo proceso en el que el niño va descubriendo el sentido de su propia vida y del mundo que le rodea. Es precisamente esa búsqueda de sentido lo que confiere unidad a procesos que, desgraciadamente, muchas veces están separados en las escuelas. En gran parte, ya conocemos el resultado final de lo que ahora se viene haciendo en muchos casos: des­trezas fundamentales se desarrollan mal y de forma superficial. Estamos seguros de que merece la pena intentar un planteamiento distinto. Dado que no es posible separar los contenidos de los procedimientos, el programa de Filoso­fía para Niños propone recuperar los temas clásicos de la tradición filosófica occidental para, a partir de su discusión en el aula, es­timular a los niños para que sean más reflexivos, más críti­cos, más creativos y al mismo tiempo más solidarios.

Una segunda caracteríticas decisiva del programa es el haber resuelto uno de los talones de Aquiles de muchos esfuerzos de renova­ción. La persona que se decide a aplicarlo en su aula, se encuentra con un material sólidamente elaborado que le va a permitir ponerlo en práctica. No se va a encontrar con un conjunto de recomendaciones generales, sino con una novela para los alumnos y un extenso manual para el profesor, este último con cientos de ejercicios, actividades y planes de discusión, así como útiles indicaciones para el profesor. Al mismo tiempo, no se le está ofreciendo un material para intervenir en su aula durante unos meses. Se parte del supuesto de que ese tipo de objetivos no son el resultado de un esfuerzo corto en el tiempo, sino que debe ser algo que esté presente a lo largo de toda la esco­larización. De esa manera se puede contar con una novela para traba­jar en preescolar, y con sucesivas novelas para seguir trabajando hasta los 18 años. En total, siete novelas y siete manuales de los que, hasta el momento, en castellano podemos contar con cinco novelas y sus respectivos manuales, dirigidos a alumnos desde 1º de EGB hasta el último año de la futura Enseñanza Secundaria Obligatoria. Las novelas y los manuales, tanto en los temas como en los con­tenidos, se van adaptando a las diferentes edades y van suponiendo un constante progreso en el ejercicio y desarrollo de esas destrezas cognitivas que antes mencionábamos.

Por último, hay algo que tiene un especial interés. Tampoco se le está diciendo al profesor que compre un material y lo utilice en su aula. Se le está ofreciendo un plan de formación inicial y perma­nente, apoyado en una sólida red de formadores de profesores. Y más todavía, se le está invitando a que piense por sí mismo y a que sea creativo, a que los materiales no sean un punto de llegada, sino más bien un punto de partida para poder enriquecerse a sí mismo como per­sona implicada en la educación. Sería incoherente proponer un progra­ma cuyo objetivo es conseguir que los niños piensen por sí mismos en el seno de una comunidad de investigación o cuestionamiento, pero que redujera el papel del profesor al de un mero aplicador técnico del programa. No deben ir por ahí los tiros si realmente queremos cambiar algo. Sin negar la importancia del esfuerzo personal, es imprescindi­ble crear un ámbito comunitario en el que las personas que se preocu­pan por su propia práctica docente puedan intercambiar experiencias y compartir ideas e ilusiones.

El método es fiel en ese planteamiento a las ideas de los pensa­dores de Estados Unidos en los que se inspira: Dewey, Mead y Peirce (autores de quienes cada vez se habla más), que ya hace muchos dece­nios hablaron de esa necesidad de una edu­cación activa y de un esfuerzo comunitario. Y también recoge los planteamientos de un gran pedagógo contemporáneo (autor del que desgraciadamente no se habla ya tanto), al que le unen algo más que afinidades. Cuan­do Paulo Freire decía que nadie educa a nadie sino que los seres hu­manos se educan en comunidad, no se refería sola­mente a los alumnos, sino también a los profesores, cuyo proceso de educación nunca estará del todo termina­do.

Félix García Moriyón

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