¿El aumento de la felicidad debe pasar por la disminución del trabajo? (01-02-2014) 2


La mañana soleada del pasado 1 de febrero nos reunimos en la sede de la asociación. Fuimos seis: Margarita Soto; Valentina Maldonado; Azucena Crespo; Luis Alberto Prieto; Juan Carlos Lago, anfitrión; y Fernando Abad, secretario de la sesión, el que ahora escribe. Tras presentarnos y recordar los temas propuestos para el café, decidimos hablar sobre el trabajo y la idea russelliana de que el aumento de la felicidad debe pasar por la disminución del trabajo.

Juan Carlos contó la fábula de los misioneros jesuitas y los indígeneas: aquéllos, en su voluntad de mejorar las condiciones de vida de éstos, les consiguieron un tractor; al cabo de un tiempo, se interesaron por los beneficios de la máquina para los campesinos: “¿Han aumentado las cosechas?”. “No”, responden los campesinos, “lo hacemos en menos tiempo”.

Luis Alberto cuenta otra fábula,la de los pescadores americanos: uno de México, el otro de los Estados Unidos. El estadounidense concibe la pesca como un modo de ganar dinero para, al cabo de grandes esfuerzos y jornadas de pesca extractiva y esquilmante, lograr pasar tiempo con sus amigos y su familia, cosa que el mexicano ya tiene sin necesidad de pescar más que lo necesario para vivir. Según él mismo, habría que trabajar solo lo necesario para que la sociedad o la comunidad funcione, es decir, para satisfacer las necesidades de la comunidad. Azucena pregunta si esas necesidades son las estrictamente biológicas u otras. Juan Carlos responde que los trabajos productivos no tienen por qué producir objetos materiales: el arte, el entretenimiento, también son productos; el otro trabajo, el no productivo, es el meramente especulativo.

Al hilo de esta distinción le pregunta a Margarita si se puede vivir de escribir, de crear. Ella responde que no escribe para vender libros, sino para que la conozcan; y sobre el trabajo reflexiona: es mejor si amas lo que haces. Pero, ¿cualquier trabajo es susceptible de ser amado?, pregunta Azucena. Hay trabajos tan mecánicos y absurdos que le cuesta creer que sea así. Fernando pone el ejemplo de su padre, de como a pesar de que le hubiera gustado estudiar y trabajar de ingeniero, por la falta de oportunidades terminó realizando diversos trabajos y amándolos todos; quizá la clave para amarlos estuvo en hacerlos bien. Juan Carlos apoya la idea de que la satisfacción del trabajo bien hecho puede hacer que el trabajo sea amado. Margarita apunta que el que un trabajo pueda ser amado o no depende de las circunstancias de la persona: pone el ejemplo de un niño que necesite trabajar para ganar dinero para que le dejen entrar en casa cada día, lo que hará que el trabajo no sea deseado por él.

Valentina recomienda dos lecturas: “La mano invisible”, de Isaac Rosa, sobre el trabajo mecánico, repetitivo y absurdo y sobre quién mueve los hilos del engranaje en que participamos como trabajadores; y “Manifiesto contra el trabajo”, del Colectivo Crisis, que pone de manifiesto cómo hoy en día abunda el trabajo extenuante. La clave para entender por qué se da este trabajo, dice Fernando, es el cambio de un modelo de autoabastecimiento por otro de acumulación. Es la base del sistema capitalista, que se funda en la plusvalía y la alienación, recuerda Juan Carlos. Luis Alberto: trabajamos cada vez más y lo hacemos para el sistema; el 50% de nuestros ingresos vuelven al Estado, según parece. Azucena insiste en que hay trabajos que son absurdos en sí; Juan Carlos responde que hay quien prefiere trabajos mecánicos, de los que para otros son absurdos y demasiado repetitivos, porque terminan al acabar la jornada, cosa que no sucede con determinados trabajos más creativos, como el de docente; para Azucena sería deseable que los trabajos mecánicos los desempeñen autómatas; el problema, según Juan Carlos, es que los autómatas acaban sustituyendo a las personas, lo que genera desempleo e infelicidad. Fernando responde a Azucena que el sentido lo pone el sujeto y, por tanto, cualquier trabajo puede ser amado (u odiado), lleno de sentido (o absurdo). Pero hay actividades cuyo fin es malo, replica Azucena: no sólo cuenta la eficacia y la eficiencia. Juan Carlos: no es lo mismo apretar una tuerca para mayor gloria y disfrute de un jefe jeta que como contribución a un objetivo común, al bien común (incluso al del equipo que trabaja con un mismo objetivo). Entonces, dice Azucena, quizá ninguna tarea sea amable en sí misma, quizá cualquiera pueda serlo. Juan Carlos pregunta si también matar, y Fernando contesta que sí, pues son las circunstancias las que hacen que algo tenga o no sentido para una persona. Si son las circunstancias, o lo que pone el sujeto, entonces nada es susceptible de ser amado en sí mismo, puesto que en sí mismo implica más allá de toda consideración, matiza Juan Carlos. Margarita apunta que la ideología influye; Luis Alberto, que ideología y religión son diferentes, porque la religión se proyecta en un más allá; Fernando opina que la religión es una forma de ideología.

Y, en este punto, tras haber dado cuenta de casi todos los pasteles y de las exquisitas bebidas con que nos regalamos, tuvimos que interrumpir tan animada charla por deber atender cada uno a sus asuntos particulares, la mayor parte de ellos sociales también, no sin antes manifestar el deseo de repetir el próximo mes, y se propone el fin de semana del 1 de marzo.

Fernando Abad


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